
Un rey del norte de la India reunió un día a un buen número de ciegos que no sabían qué es un elefante. A unos ciegos les hicieron tocar la cabeza, y les dijeron: “esto es un elefante”. Lo mismo dijeron a los otros, mientras les hacían tocar la trompa, o las orejas, o las patas, o los pelos del final de la cola del elefante. Luego el rey preguntó a los ciegos qué es un elefante, y cada uno dio explicaciones diversas según la parte del elefante que le habían permitido tocar.
Uno dijo que era como una pared de barro secada al sol. Otro dijo que era como un abanico plano, otro que era como el tronco de una gran palmera, o que era como una vieja cuerda, y así los demás.
Los ciegos comenzaron a discutir, y la discusión se fue haciendo violenta, hasta terminar en una pelea a puñetazos entre los ciegos, que constituyó el entretenimiento que el rey deseaba.
Este cuento nos muestra lo limitado que puede ser nuestro conocimientos de las cosas, y la tentación de querer obligar a los demás a que piensen como nosotros.
Algunos concluyen de ahí, que es necesario afirmar el relativismo de todo conocimiento, y la obligación de no pretender erigir como verdad el conocimiento personal. Este planteamiento conduciría a exigir una tolerancia que evitase hacer juicios de valor sobre las conductas, porque sólo de esta manera puede darse la democracia y el respeto mutuo.
El valor de igualdad de verdad para cualquier forma de vida, y la asunción de que cualquier comportamiento tiene el mismo valor que su contrario, parecerían exigencias de la edad alcanzada con el progreso.





