Estas son las declaraciones del Ministro de Justicia, Francisco Caamaño, el pasado 12 de agosto. En ella y en posteriores intervenciones manifiesta que objetar para no hacer un aborto, constituiría una desobediencia civil. “Las ideas personales no pueden excusarnos del cumplimiento de la ley porque, si no, nos llevaría en muchísimos temas, en éste y en otros muchos, a la desobediencia civil”.

Por su interés copio un artículo de Ignacio Sánchez Cámara publicado en La Gaceta de los Negocios:

De las declaraciones del ministro de Justicia sobre el derecho a la objeción de conciencia de los profesionales de la Sanidad con relación a la nueva ley reguladora del aborto, sólo muy levemente matizadas después, cabe extraer tres conclusiones principales. Caamaño excluye tajantemente el derecho a la objeción de conciencia en este caso. Considera que es necesario que cada ley reconozca, en su caso, el ejercicio de ese derecho. Y entiende que, por lo tanto, los médicos que se resistan a practicar los abortos —a quitar la vida a los embriones— incurrirán en desobediencia civil. Las tres afirmaciones son graves y, a mi juicio, equivocadas.

Si la nueva regulación del aborto, que transforma un delito en un derecho, es, de suyo, un atentado contra el derecho y la moral, muy probablemente inconstitucional por atentar contra el derecho a la vida, negar la objeción de conciencia es una barbaridad. Ya entraña un agravio comparativo con el caso del servicio militar obligatorio, hoy inexistente, reconocido por la Constitución. Si es legítimo objetar para no tomar las armas, al menos con la misma fuerza lo será para negarse a quitar la vida a un embrión humano. Si el deber primero de un médico es curar y salvar vidas, es una aberración forzarle por ley a eliminarlas. La reacción de las organizaciones médicas profesionales, más que justificadas, permiten albergar alguna esperanza, no ya sólo de que se reconozca la objeción de conciencia, sino incluso de que la reforma legal sea retirada.

Bergman habla de su sentido de la muerte

Domingo, 30 de agosto de 2009

Adjunto una entrevista que  hace Marie Nynerod a Ingmar Bergman en 2004, acerca de su sentido de la muerte.

¿Les parece que se trata de una camino racional válido para descubrir la trascendencia del ser humano respecto a la muerte?

¿Se deja engañar por el deseo de la trascendencia para forzar la razón?

¿Es un camino válido el amor para conocer la realidad?

En estos temas, tan profundamente vitales, es donde nos enfrentamos con la realidad: la fuerza de nuestras teorías, y la aceptación de la realidad, tal como se nos presenta.

Espero vuestros comentarios.

El elefante y los ciegos

Viernes, 7 de agosto de 2009

elefante

Un rey del norte de la India reunió un día a un buen número de ciegos que no sabían qué es un elefante. A unos ciegos les hicieron tocar la cabeza, y les dijeron: “esto es un elefante”. Lo mismo dijeron a los otros, mientras les hacían tocar la trompa, o las orejas, o las patas, o los pelos del final de la cola del elefante. Luego el rey preguntó a los ciegos qué es un elefante, y cada uno dio explicaciones diversas según la parte del elefante que le habían permitido tocar.

Uno dijo que era como una pared de barro secada al sol. Otro dijo que era como un abanico plano, otro que era como el tronco de una gran palmera, o que era como una vieja cuerda, y así los demás.

Los ciegos comenzaron a discutir, y la discusión se fue haciendo violenta, hasta terminar en una pelea a puñetazos entre los ciegos, que constituyó el entretenimiento que el rey deseaba.
Este cuento nos muestra lo limitado que puede ser nuestro conocimientos de las cosas, y la tentación de querer obligar a los demás a que piensen como nosotros.
Algunos concluyen de ahí, que es necesario afirmar el relativismo de todo conocimiento, y la obligación de no pretender erigir como verdad el conocimiento personal. Este planteamiento conduciría a exigir una tolerancia que evitase hacer juicios de valor sobre  las conductas, porque sólo de esta manera puede darse la democracia y el respeto mutuo.

El valor de igualdad de verdad para cualquier forma de vida, y la asunción de que cualquier comportamiento tiene el mismo valor que su contrario, parecerían exigencias de la edad alcanzada con el progreso.