Gracias a Dios vivimos inmersos en la temporalidad histórica y biográfica. No hay acontecimiento que se convierta en inexorable en la vida de las personas, o en la historia de los pueblos. Esto para bien y para mal. Diríamos, a favor de la libertad, que siempre es un bien.
En España estos últimos años hemos asistido a una rápida trasformación de las leyes relacionadas con la vida y con la familia. El panorama que se prevé es que continuaremos asistiendo a más cambios, aunque en la línea actual no queden ya muchos.

A personas asentadas en situaciones pacíficamente adquiridas sobre determinados valores sociales, estos cambios les llenan de sorpresas y, no pocas veces, de desaliento y de visiones desesperanzadas respecto al futuro. Estaban tan acostumbradas a que sus planteamientos fuesen pacíficamente seguidos por toda la sociedad, que al ver la contestación cultural, en los medios de comunicación, o en las leyes, no pueden más que contemplar el futuro con ánimos catastrofistas.
Han olvidado que lo que ellos consideraban normal, formaba parte de un proceso de desarrollo de la cultura -el saber bien sobre la vida-, que ellos habían recibido. Pero que la cultura es un ser vivo que se construye todos los días. Mejor, que la construimos todos los días. Si uno se conforma con estar pasivamente, o con dedicarse a objetivos próximos a su propia vida, sin participar de la construcción de la cultura de su tiempo, ocurrirá que también ahora se encontrará con una cultura que le es dada, pero que es la contraria en la que él se había adormecido.
Tener en cuenta esta vitalidad de la sociedad, lejos de tener un tono negativo, es una fuente de esperanza. Cualquier situación se puede cambiar. Ciertamente esta transformación se dará en el corto tiempo de una biografía personal, o en el lento discurrir de la historia. De lo que no cabe duda, es de que todas las acciones que se llevan a cabo tienen una repercusión en la nueva sociedad que continuamente se esta generando.
Unos ejemplos:





