Archive for Julio 16th, 2007

Acerca de las declaraciones de Ginés Morata. Premio Principe de Asturias

Cómo conseguir el hombre perfecto

JOSÉ Mª GARCÍA-HOZ

EL nuevo premio Príncipe de Asturias de Investigación, doctor Ginés Morata, ha declarado en una entrevista que no ve con malos ojos la posibilidad de manipular la inteligencia «si con ello conseguimos que las personas poseamos mejores sentimientos y anulemos los genes que nos conducen a actos de violencia (…) Si podemos modificar una mosca, ¿por qué no vamos a poder manipular a una persona?».

Lector habitual de prensa, por afición y por obligación, no me escandalizan las exageraciones o las tonterías que se pueden leer en un diario. Pero me resulta difícil recordar la última vez que leí una afirmación tan terrible como la del flamante premio Príncipe de Asturias, cuyo precedente más cercano es el del científico pirado, protagonista de mil películas en las que pretende dominar el mundo mediante un invento estrambótico; en la vida real el antecedente es peor: el científico favorito de Hitler, el doctor Josef Mengele, que experimentaba con judíos para mejorar la raza aria.

La posmodernidad ha arrasado con el fundamento de la era moderna, en virtud del cual la ciencia y la razón serían capaces de encontrar la solución de cualquier problema humano. Accidentes como el de Bupal o Seveso, que hace cuarenta años produjeron la muerte de miles de personas en la India e Italia, se convirtieron en el icono de lo peligroso que puede resultar el progreso científico; detrás de cada hallazgo se esconde un nuevo riesgo. De la razón, ¿para qué hablar? Nada más razonable que la utopía comunista impuesta por Stalin y sucesores, o el intento de salvar a Vietnam de esa tiranía comunista a golpe de bombas de napalm.

Es realmente peligroso que la ciencia, los científicos, se constituyan en los árbitros de la conciencia humana. Dice el doctor Morata que estamos a un cuarto de hora de poder manipular la inteligencia del hombre para así conseguir que tengan mejores sentimientos. Lo que no dice, y ningún científico podrá imponer por muy sabio que sea, qué sentimientos son mejores que otros. Alegrarse por una victoria del Barça y por la derrota del Madrid. ¿Es un sentimiento bueno o malo? ¿Indiferente? ¿Y dónde está la línea que delimita los sentimientos indiferentes de los malos?

Según creo, una adecuada combinación de la última versión de gas mostaza con la fisión de unas cuantas bombas de hidrógeno podría dejar el planeta sin vida en apenas unos minutos. Un adelanto científico, sin duda, pues hace apenas un siglo sólo éramos capaces de fabricar bombas que mataban de cien en cien. Ahora ya podemos manipular una mosca (¿tendrá la mosca sentimientos malos?), pero dentro de nada también podremos manipular la inteligencia humana (que sin duda los tiene). La comparación del doctor Morata resultaría ridícula si no fuera trágica.

Deducir que, dada la similitud de los genomas, el hombre y la mosca merecen el mismo tratamiento resulta un escabroso disparate, a partir del cual sólo se puede temer lo peor: primero se establecen los parámetros del hombre perfecto, después se somete a la población a un proceso de manipulación masiva que lleve a la conformación de todos al modelo preestablecido y, por último, cuando se advierta que este proceso resulta insoportable para las finanzas públicas, se adapta un modelo sostenible: a partir de la manipulación genética se procederá a fabricar hombres con cero defectos y buenos sentimientos desde el principio. ¡Qué feliz sería el doctor Mengele si levantara la cabeza!

No es nada personal. No tengo el gusto de conocer al doctor Morata y seguramente una entrevista periodística (Expansión, 21 de junio) no es el marco más adecuado para reflexionar sobre la manipulación de la inteligencia humana. Pero mis eventuales exageraciones o desenfoques no invalidan la cuestión de fondo que hoy está planteada: la visión unidimensional del hombre, valorado sólo desde un punto de vista científico, es, desde luego, un disparate, pero corremos el peligro serio de que nos sea impuesto.

Si el corazón tiene razones que la razón no comprende, la conciencia del hombre tiene preguntas que la ciencia nunca podrá responder. Y manipular la inteligencia y la conciencia del hombre es como cortar la lengua al niño impertinente para que deje de hacer preguntas, y así evitarnos la molestia de responderlas.

Bernat Soria El científico que clonaría a Zapatero

copio un artículo interesante del ABC, con diversas opiniones sobre el “nuevo ministro Bernat Soria”

El hombre que le daría al presidente del Gobierno «el premio Nobel de la honestidad y la solidaridad» se ha pasado inopinadamente al «lado oscuro», ése con el que ha tenido que lidiar toda su vida en busca de apoyos y dineros. Del laboratorio a la administración. Del microscopio al presupuesto. Recién estrenado en el candelero político, como un niño con zapatos nuevos, sonriente y cómodo bajo los focos, Bernat Soria trajo una anécdota con pregunta retórica: «Hace quince años, el Nobel de Medicina Bert Sakmann, uno de los científicos que más admiro, me preguntó durante una cena: ¿Vas a seguir pensando lo mismo cuando seas ministro?». Si Soria es fiel a su prestigio, no parece que vaya a coger el relevo de su antecesora, Elena Salgado, en la lucha contra las hamburguesas XXL o en la polémica con los productores vitivinícolas, sino que impulsará la investigación científica, en general, y en particular en el campo de las células madre y la clonación terapéutica; un campo sembrado de minas donde las preocupaciones éticas se interponen al afán de quienes creen que lo inmoral sería no investigar.
Defensa frente a lo desconocido
Para los defensores de la terapia celular, el «fichaje» de Zapatero rescatará a España del marasmo en investigación. «Nuestro país juega en Tercera División, y debemos intentar por lo menos subir a Segunda», sostiene Soria. «A los sectores que tienen miedo a la innovación y que de buena fe piensan que es un camino que nos lleva a lo desconocido les digo que, precisamente, la inversión en ciencia y tecnología es lo único que nos defiende de lo desconocido».
Su trabajo en la Universidad Miguel Hernández de Elche (Alicante), tratando de convertir células madre de embriones humanos en células del páncreas productoras de insulina —su laboratorio había curado la diabetes a ratones con ese procedimiento, aunque con indeseables efectos secundarios—, provocó que el Ministerio de Sanidad (siendo titular Celia Villalobos) le abriera en 2001 un expediente informativo, lo que le llevó a proseguir con su empeño en la Facultad de Medicina de la Universidad de Singapur. Un perfil, por lo tanto, muy del gusto del presidente del Gobierno, que ha elevado el dicho «si no quieres café, toma dos tazas» a la categoría de estrategia política: Soria es un tipo declaradamente de izquierdas y provocador de «los otros».
El nuevo ministro, en cambio, aterriza para gestionar «uno de los mejores sistemas sanitarios del mundo» armado con otra herramienta marca de la casa: el talante. En sus primeras declaraciones se ha definido como una persona «de consenso y dialogante», dispuesto a hablar con las comunidades autónomas «sean del signo político que sean» y a pesar de algunos desencuentros en el pasado. «En mí encontrarán un amigo y colaborador». Por su condición de médico también se dirigió a los profesionales, que «siempre tendrán abiertas las puertas del ministerio», y a los pacientes, a los que situará «por encima de todo».
Sectores de la comunidad científica, enfermos de diabetes y Farmaindustria —que agrupa a 250 laboratorios que representan el 98 por 100 de las ventas de medicamentos de prescripción en España— no perdieron un segundo en aplaudir el nombramiento. Los partidarios de Soria tiran de su extenso currículo: es catedrático de Fisiología y —hasta su toma de posesión del cargo ministerial— director del Centro Andaluz de Biología Molecular y Medicina Regenerativa (Cabimer). Después de doctorarse en Medicina en Valencia en 1978, obtuvo el postdoctorado en el Max Plank Innstitut fur Biophysikalische Chemie de Gottingen (Alemania). Entre 1980 y 1982 fue jefe de proyecto en el departamento de Biofísica de la Universidad de East Anglia, en Norwich (Reino Unido), y de 1991 a 1994 coordinador de la Agencia Nacional de Evaluación y Prospectiva (ANEP).
Más tarde comenzó a trabajar como profesor en la Universidad Miguel Hernández de Elche desde su creación, en 1997, y puso en marcha el Instituto de Bioingeniería, del que fue director. Tras el convulso verano de 2001 que provocó su «exilio» a Singapur, el presidente de la Junta de Andalucía, Manuel Chaves, le tiró los tejos para que se incorporara como asesor a un programa de investigación con células madre. En 2004 asumió la dirección del Laboratorio Andaluz de Terapia Celular en Diabetes Mellitus, e impulsó un proyecto para derivar células madre embrionarias para obtener otras, generadoras de insulina, que puedan usarse contra la diabetes. En 2005, Soria trasladó a España los estudios que estaba desarrollando en Singapur y pasó a dirigir el Cabimer, centro que cuenta con una veintena de grupos de investigación en los que trabajan 200 científicos y técnicos en un edificio de 9.148 metros cuadrados.
«Un nombramiento para ocho meses tiene valor de gesto o de censura para el anterior responsable del ministerio, porque pensar en una continuidad basada en el éxito en las próximas elecciones es muy pretencioso», señala César Nombela, catedrático de Microbiología de la Facultad de Farmacia de la Universidad Complutense de Madrid. Nombela fue, además, presidente del Comité Asesor de Ética del Ministerio de Ciencia y Tecnología, desmantelado por el actual Gobierno, que prevé crear en breve un nuevo órgano ad hoc. «El hecho de que un científico asuma esta tarea parece, a priori, positivo, siempre que se active la innovación, favoreciendo la competitividad más que el proteccionismo», continúa. «Aunque mucha gente interpreta que el ascenso de Soria va a suponer una apuesta por la investigación con células embrionarias. Lo que se ha hecho en este campo tiene poca relevancia, porque la tendencia va hacia las células madre adultas, que deberían recibir más atención».
Nombela cree que la Ley de Investigación Biomédica, aprobada hace unas semanas, cuenta con aspectos positivos, «pero al apostar por la “activación de ovocitos mediante transferencia nuclear” recoge, de forma encubierta, la posibilidad de autorizar técnicas de clonación humana para tratamiento terapéutico. Al margen de las consideraciones éticas de cada uno, esa clonación produciría células embrionarias con escasa proyección actual en el tratamiento de enfermedades, e incumpliría el Convenio sobre Derechos Humanos y Biomedicina auspiciado por el Consejo de Europa y firmado en Oviedo en abril de 1997. El Gobierno debería respetar ese documento o, en su defecto, denunciarlo, porque la citada ley entra en contradicción con el mismo».
Aquí todo depende del color del cristal con que se mira. Bernat Soria ha expresado que un investigador «tiene que trabajar dentro de la ética y de la legalidad. A veces, la presión social puede llevar al científico a pensar que el fin justifica los medios, pero eso nunca debería ser así. Cuando se trata de una discusión técnica, con todos los datos se construye una ética no confesional y las soluciones que se aportan son las mejores para todos. En el caso de los embriones humanos para usos científicos, defiendo que hay problemas éticos en el no uso de esos embriones: no es ético dejar de utilizarlos. Me pregunto a qué ética se refieren ciertas personas cuando hablan de este asunto: ¿A la ética confesional de algunos o a una ética que podemos compartir la mayoría y que está basada en los Derechos Humanos?».
Fuentes de la Conferencia Episcopal achacan a Soria haberse distinguido por «trabajar más por la ideología que por la ciencia» y dedicar su carrera a investigar con células madre embrionarias, cuando los mayores éxitos logrados hasta el momento proceden del estudio de las células madre de tejidos adultos y de cordón umbilical. «Se presenta como científico pero sus bases son insostenibles». Los obispos manifiestan su oposición a la investigación con células madre embrionarias por considerarla «un abuso contra la dignidad del ser humano». Reclaman que se respete la vida de los embriones desde el momento de su gestación y que no sean utilizados como «un mero objeto para la investigación».
El camino de la política
La Fundación por la Vida emitió un comunicado en el que afirma que el ministro «no ha destacado por sus aportaciones realmente originales e importantes a la ciencia, sino más bien por su capacidad política de estar en el lugar adecuado en el momento oportuno, y de presentarse como el campeón de la ciencia avanzada». Y el responsable del departamento de Bioética de Profesionales para la Ética, José Agudo, apuntó que Soria es el autor intelectual de la Ley de Investigación Biomédica «cuyo único objetivo es autorizar el gran negocio al que se ha dedicado él durante los últimos años: investigar con embriones humanos con cuantiosos recursos públicos y ningún resultado real».
El ministro, que se muestra respetuoso con las creencias íntimas, considera que un Estado de Derecho no puede prohibir esta investigación. «En opinión de algunos cristianos, un embrión de una sola célula ya es una persona, y con esa base teórica se niegan a la fecundación in vitro o incluso al uso de preservativos. Son éticas particulares, difíciles de compartir por el resto de ciudadanos e incluso de creyentes».
Un antiguo colega de Bernat Soria le define como «un hombre inteligente, con experiencia en la gestión, y bastante más preparado que la mayoría de sus compañeros en el Ejecutivo, aunque no es el científico de primer orden que vende Zapatero. En España hay al menos un centenar con mayor nivel que él. Además, ha dejado ese camino hace cuatro o cinco años para dedicarse a la política: lo criticable es haber utilizado la ciencia para sus fines»,
El debate, en una política española caracterizada por los brochazos gordos, resulta sorprendente: el personaje acarreará discusiones éticas y científicas. Subirá el nivel. ¿Se hablará en el Parlamento de cómo resolver los trasplantes de médula ósea? Soria lo tiene muy claro: la clonación terapéutica —que, como sabemos, él prefiere llamar «transferencia nuclear»— permitiría tomar una célula de la piel del paciente, extraerle el núcleo (que contiene el genoma completo) e introducirlo en un óvulo privado de su propio núcleo. El embrión resultante, que sólo se desarrolla una o dos semanas, sirve como fuente de células madre, y éstas podrán transformarse en médula ósea y trasplantarse al paciente, ya que la compatibilidad es total.
De cuentos y seducciones
Para Natalia López Moratalla, catedrática de Bioquímica y Biología Molecular de la Universidad de Navarra, «esto es un cuento chino. Las células procedentes de un embrión clónico no tendrían rechazo inmunológico, ya que la información genética es del mismo paciente, pero no sirven para curarle. Además, sólo es posible realizar la primera parte, transferir un núcleo a un óvulo, pero no reprogramarlo para que se desarrolle como lo hace un individuo en etapa embrionaria».
Un investigador que conoció de primera mano los experimentos con ratones que Soria llevó a cabo en la Universidad Miguel Hernández de Elche afirma que a los animales «les salieron pelos y dientes. La fama le llegó por un tratamiento ineficaz».

El «idilio» entre el presidente del Gobierno y Bernat Soria comenzó a finales de marzo de 2006, en la inauguración del Cabimer. Embutido en una bata verde de laboratorio, curioseando entre probetas y microscopios en la zona de cultivos y criopreservación celulares, Zapatero recorrió las instalaciones acompañado por Manuel Chaves, la entonces ministra de Sanidad, Elena Salgado, y por el propio Soria, y apostó por impulsar la investigación biomédica con células madre en España «dentro del paraguas del ordenamiento jurídico y de la más rigurosa moral y ética». Rechazó que este campo pueda verse sometido «a los frenos artificiales de consideraciones ortodoxas, legítimas en el ámbito de la conciencia personal, pero que no pueden ser impuestas colectivamente para frenar el progreso. Nada puede ser más moral que preservar la salud, curar la enfermedad, evitar el sufrimiento y el dolor». Es probable que ya entonces apuntara en su agenda el nombre de Bernat Soria para futuras misiones. Y es probable también que el científico pensara de su admirado Zapatero que, si pudiera, lo clonaría.